En Tarapacá, hablar de trabajo no siempre es hablar de estabilidad. A veces es hablar de feria, de puesto improvisado, de venta al día, de servicio sin boleta, de jornadas largas y de esa frase tan chilena como dura: “hay que rebuscárselas”. Y detrás de esa postal cotidiana hay un dato que obliga a mirar el tema sin maquillaje: la tasa de ocupación informal en la región llegó a 32,1% en el trimestre octubre-diciembre de 2025, con un alza de 2,9 puntos porcentuales en un año. En total, el INE estimó 62.028 personas ocupadas informalmente en Tarapacá, es decir, 6.241 más que en igual período del año anterior.
La cifra, por sí sola, ya inquieta. Pero se vuelve todavía más elocuente cuando se la aterriza a la calle. Porque la informalidad no es una abstracción estadística: es la persona que trabaja sin contrato, quien vende por necesidad, quien no cotiza, quien no tiene vacaciones, licencia ni red de protección real. El boletín del INE muestra además que la informalidad golpeó más a las mujeres, con una tasa de 35,8%, mientras que en los hombres fue de 29,2%. También indica que el crecimiento de la ocupación informal fue incidido por el tramo de 15 a 34 años, es decir, por una parte importante de la población joven que intenta abrirse paso en un mercado laboral cada vez más frágil.
Aquí aparece una incomodidad que conviene decir sin rodeos. En Chile muchas veces se celebra el “emprendimiento” como si todo trabajo independiente fuera una historia de superación. Pero una parte de ese mundo no nace de la libertad de elegir, sino de la falta de alternativas. En el mismo trimestre, la tasa de desocupación regional fue de 8,6%, superior al 8,0% nacional, y el aumento de la ocupación total fue apenas de 1,4%, con una incidencia positiva importante de los trabajadores por cuenta propia. O sea, parte del empleo que crece no necesariamente lo hace desde la formalidad ni desde la seguridad laboral.
Y eso en Tarapacá tiene una lectura bien concreta. Región fronteriza, comercial, portuaria y marcada por la movilidad, aquí la economía informal convive todos los días con la formal. Está en las ferias, en el pequeño comercio, en oficios de subsistencia, en servicios transitorios y en trabajos que funcionan al margen o en el borde de la regulación. El problema no es demonizar ese esfuerzo, porque detrás de él hay necesidad real y mucho sacrificio. El problema es normalizar que miles de personas sostengan su vida sin protección, como si eso fuera simplemente parte del paisaje. La estadística oficial muestra incluso que las personas ocupadas a tiempo parcial involuntario aumentaron 24,1% en doce meses, otra señal de precariedad laboral que no debiera pasar inadvertida.
Por eso esta discusión no debería quedarse solo en el dato mensual ni en el comentario de ocasión. Tarapacá necesita empleo, sí, pero empleo que permita vivir con un mínimo de certeza. Porque trabajar no debería significar únicamente generar ingresos hoy, sino también poder proyectar mañana. Y mientras la informalidad siga creciendo, habrá que insistir en una verdad incómoda: la otra cara del trabajo en la región no siempre es el esfuerzo heroico, sino la precariedad silenciosa.

