Hay lugares que en Tarapacá no necesitan presentación. Humberstone y Santa Laura son parte de ese mapa emocional de la región: están a 47 kilómetros de Iquique, en pleno desierto, y resumen como pocos sitios la historia del llamado “oro blanco”, la vida pampina y el peso que tuvo el salitre en la economía chilena. Construidas en 1872, ambas oficinas terminaron convirtiéndose en un conjunto patrimonial único: Humberstone conserva sobre todo el campamento, mientras Santa Laura mantiene con más fuerza su área industrial.

Pero aquí conviene decirlo con claridad: el prestigio no cuida solo los edificios. Las salitreras fueron inscritas en la Lista del Patrimonio Mundial en 2005, y ese mismo año entraron a la Lista en Peligro, precisamente por el saqueo, las demoliciones y la falta de mantenimiento acumulada durante años. En otras palabras, el reconocimiento internacional llegó, sí, pero también como una advertencia. Y esa advertencia sigue siendo vigente para cualquier autoridad o institución que crea que el sello UNESCO, por sí solo, resuelve el problema.

Lo interesante es que durante 2025 el tema volvió a moverse con más fuerza. En junio se entregó oficialmente el Plan de Gestión Turística del Sitio de Patrimonio Mundial, una hoja de ruta impulsada por la Subsecretaría del Patrimonio Cultural junto a la Subsecretaría de Turismo, el Servicio Nacional del Patrimonio Cultural y Sernatur. La señal es positiva, porque pone sobre la mesa una agenda común para fomentar el turismo patrimonial, mejorar el acceso y fortalecer la puesta en valor del sitio.

Ahora bien, una cosa es presentar planes y otra muy distinta es lograr que ese patrimonio tenga gestión real, inversión constante y experiencia de visita a la altura de lo que representa. Humberstone y Santa Laura no pueden seguir siendo solo una parada obligada para la foto, ni un emblema que se activa únicamente cuando hay aniversario, visita oficial o temporada alta. Son un testimonio vivo de lo que fue Tarapacá, del sacrificio obrero, de la dureza de la pampa y también de una cultura que marcó a generaciones completas.

La pregunta entonces no es menor: ¿queremos de verdad convertir este sitio en un motor de memoria, educación y turismo regional, o vamos a seguir administrándolo a ratos? Porque el patrimonio del norte no se defiende con discursos bonitos ni con nostalgia de ocasión. Se defiende con trabajo serio, continuidad y visión. Y Humberstone, a esta altura, merece bastante más que admiración a distancia.