Tarapacá acaba de entrar en una fase distinta en materia turística. Con la aprobación de la Política Regional de Turismo 2024–2034, la región ya no solo tiene atractivos dispersos ni buenas intenciones sueltas: tiene, al menos en el papel, una hoja de ruta construida participativamente en las siete comunas para ordenar prioridades, identificar oportunidades y proyectar cómo el turismo puede aportar al desarrollo económico y territorial. Esa es la promesa. Y no es menor.

Lo interesante es que esta política no apareció de la nada. Venía siendo trabajada desde 2025 mediante talleres de diagnóstico territorial, con foco en identidad, sostenibilidad e inclusión, y se conecta además con una agenda regional más amplia donde el Gobierno Regional ya había planteado una iniciativa por $3.900 millones del FNDR para fortalecer la actividad turística, junto con el avance del traspaso de competencias desde Sernatur al GORE. Traducido al lenguaje simple: por primera vez en bastante tiempo, el turismo empieza a dejar de verse solo como promoción y comienza a mirarse como gestión.

¿Dónde están las oportunidades reales? En que Tarapacá puede dejar de venderse por partes y empezar a mostrarse como un destino completo. Tiene costa, patrimonio salitrero, oasis, fiestas religiosas, parapente, mundo andino y una identidad que no se parece a ninguna otra región. A eso se suma un paso especialmente interesante: en enero de 2026 Tarapacá presentó su primera Estrategia Regional de Turismo Indígena, la primera de este tipo a nivel regional en Chile, basada en liderazgo comunitario, sostenibilidad territorial, protección del patrimonio cultural y articulación institucional. Eso no solo amplía la oferta: la vuelve más auténtica y mejor conectada con el territorio.

Y aquí aparece el argumento económico. A nivel nacional, la propia Subsecretaría de Turismo señala que en 2023 el sector llegó a representar el 3,5% del PIB nacional y generó más de 600 mil empleos; además, en el primer trimestre de 2025 el gasto de visitantes extranjeros en Chile creció 48,1% interanual. O sea, el turismo sí puede mover empleo y actividad. El punto es que esa ola no llega sola a Tarapacá: hay que capturarla con productos concretos, rutas bien armadas, servicios formales, promoción inteligente y experiencias que funcionen todo el año, no solo en temporada alta.

Pero sería ingenuo entusiasmarse sin poner los pies en la tierra. El mismo informe de Turismo Municipal de Sernatur muestra que el desarrollo local del sector depende de tener equipos técnicos, liderazgo y gobernanza municipal; y en Tarapacá todavía hay brechas evidentes. Pica y Pozo Almonte iniciaron gestiones para la Distinción Municipalidad Turística, pero en Pozo Almonte el proceso avanzó más lento porque la comuna no contaba con un encargado de turismo dedicado exclusivamente a esa tarea. Iquique ya tiene distinción y Alto Hospicio seguía reuniendo antecedentes para postular. Ese detalle administrativo, que parece pequeño, en realidad dice mucho: sin capacidad local, cualquier política corre el riesgo de quedarse en discurso.

Por eso esta nueva etapa del turismo en Tarapacá abre una posibilidad real, pero no automática. Puede generar empleo, dinamizar comunas, fortalecer identidad y darle más aire a sectores que hoy necesitan diversificar su economía. Pero eso solo va a ocurrir si la política regional baja del documento a la calle, del seminario al territorio y de la promesa a la ejecución. En otras palabras, Tarapacá ya tiene relato. Ahora necesita gestión.